lo largo del mar Caribe combina
el placer de playas de arenas blancas, actividades en aguas cristalinas y
paseos por los vestigios de la civilización Maya. Con Playa del Carmen como
estrella con su animada 5ta Avenida -repleta de restaurantes, tiendas y boliches-,
la zona arqueológica de Tulum -con sus magníficos cenotes- y Chichen Itzá.
Además, vale la pena pasear por Cozumel, Isla Mujeres y una escapada a Cancún.
2.
CUBA:
Con
playas y cayos que invitan al absoluto relax; bahías y montañas que presumen su
belleza y con una ciudad como la Habana con su malecón, fuertes, palacios y
museos de magnífica arquitectura. Su rica vida cultural atrae con su música e
invita con sus tragos a base de ron.
Varadero, Cuba.
3.
COLOMBIA:
Sus
playas caribeñas ofrecen arenas finas y aguas transparentes, rodeadas por
cuantiosa y apacible naturaleza. Cartagena de Indias es la ciudad más visitada
tanto por su patrimonio histórico como por la belleza de sus playas Bocagrande,
El Laguito y las islas del Rosario y Baru, atraen con sus jardines submarinos y
paisajes agrestes. A 700 kilómetros de la costa continental, la isla de San
Andrés deslumbra con su mar de 7 colores, que alberga peces y corales
rebosantes. La noche se presenta divertida al son de la música que invita a
bailar. La ciudad de Santa Marta y el Parque Nacional Tayrona completan el
circuito tropical colombiano.
4.
BRASIL:
Con
más de 7 mil kilómetros de costa bañada por las aguas del Atlántico ofrece
balnearios de norte a sur. Se destacan Copacabana e Ipanema en la maravillosa
ciudad de Río de Janeiro, ideales para contagiarse de la alegría carioca.
Siguiendo hacia el norte, a unos 200 km, aparece Buzios que atrae a turistas de
todo el mundo por las bondades de sus playas y su diversión nocturna. En el
nordeste Costa Do Sauipe, Maceió, Natal, Fortaleza y la paradisíaca isla de
Fernando de Noronha aseguran cálidas temperaturas todo el año, arenas finas y
aguas claras, flora exuberante y relax absoluto.
5.
ISLA MARGARITA:
Cuenta
con playas muy concurridas pero también esconde algunas agrestes. Sus palmeras
son la sombra ideal para descansar y sus aguas turquesas el escenario perfecto
para practicar windsurf y kitesurf. También cuenta con campos de golf y la
posibilidad recorrer a caballo sus reservas naturales. Imperdibles las
excusiones a Los Roques e isla Coche.
6.
ECUADOR:
Mirando
el oceáno Pacífico, entre volcanes y selva, aparecen variedad de playas con
temperaturas cálidas, olas de todos los tipos y paisajes únicos acompañados de
buena gastronomía y servicios. Montañita es considerada la capital sudamericana
del surf, destino ideal para jóvenes en busca de diversión por sus fiestas al
estilo hawaiano y música en vivo. Algo más exclusivas, las islas Galápagos
maravillan por sus playas pobladas por especies únicas en el planeta, como sus
conocidas tortugas gigantes. Tortuga Bay es una de las mejores y más hermosas
playas del archipiélago.
No es Hollywood pero hay un cartel
en lo alto de la ladera. No es Manhattan pero su calle principal se llama
Broadway. Si en Estados Unidos se tomaran tantascaipirinhaspor segundo como en Canoa Quebrada,
Los Angeles y Nueva York estarían invadidas por buggies.
El origen del emblema
de esta localidad costera del estado deCeará,
enBrasil, tampoco
hay que buscarlo en ninguna revolución islámica. Es idéntico al de las banderas
de Argelia y de Pakistán y ahora se ha trasmutado en gorras, camisetas,
pendientes y collares, que se venden en puestitos y tiendas de la calle de
nombre teatral. Precisamente, fue una pareja de turistas pakistaníes quienes,
sin saberlo, provocaron que en la larga escalera que baja a la playa más
céntrica deCanoa
Quebradase
formen atascos para tomarse una foto frente al hollywoodense cartel de la
medialuna y la estrella.
A mediados de los años 80, la pareja visitó este enclave de
pescadores, como desde los 70 venían haciendo miles de hippies, y le pidieron
al artesano local Chico Eliziário, especializado en esculpir caparazones de
tortuga, que grabara su símbolo patrio. A Eliziário le pareció que la estrella
y la medialuna eran la representación ideal para el límpido cielo del Nordeste,
donde llueve tan poco que, cuando sucede, es una bendición.
Jericoacoara.
Créditos: Martin Mangudo
Como vaticinó aquel
cantante también hippie, los tiempos han cambiado. Hoy las tortugas están
protegidas, la policía vigila que no se comercialicen langostas con colas
pequeñas -menores de 13 cm- y también están a resguardo las falesias,
acantilados arcillosos modelados y coloreados a fuerza de viento y agua. Y aquí
es donde entra en acción el verdadero rey de la costa nordestina: el buggy,
medio de transporte indispensable para surcar dunas y playas. Tomar un buggy en
Canoa Quebrada y dejarse llevar por un experimentado conductor hastaPunta Grossano tiene precio. Eso sí, hay que ir
sin gorra para que no se vuele, bien agarrado y lleno de protector solar.
Se trata de un espectacular travelling de 35 km que se recorren
en menos de una hora, bien temprano, para poder regresar antes de que la marea
impida el paso. A la derecha, falesias que cambian de color con la intensa luz
del sol, jangadas -típicas balsas con vela-, cabras y jaulas vacías para
langotas y cangrejos. A la izquierda, arena fina, extensas playas donde algunos
niños juegan al fútbol y un océano, del que las barcas de pesca artesanal sacan
los frutos de mar que se pueden degustar en barracas, chiringuitos de comida
que se distribuyen por los casi 600 km de costa de Ceará. Como en la barraca
Chega Mais, al pie de la escalera de la medialuna y la estrella, donde sirven
la deliciosa moqueca de manta raya.
Jericoacoara.
Canoa Quebrada se sitúa
en el municipio deAracatí,
160 kilómetros al este de Fortaleza por una ruta de playas como Morro Branco
-con sus arenas de colores-, Aguas Belas o Porto das Dunas, donde está el
parque acuático Beach Park, a 22 kilómetros de la capital del estado. En el
camino se puede hacer alto en algún ingenio azucarero, para probar la raspadura
de caña o comprar todos los derivados de la castaña de cajú, desde el fruto
seco hasta dulces, miel y licor.
Playas
en la capital
Fortalezatambién tiene sus playas. La mejor
es Praia do Futuro, un poco alejada del centro de la capital estatal. Después
de darse un baño, sentarse en una barraca a saborear cangrejos absorbiendo la
esencia de sus cabezas -mezclada con caldo y farofa- es uno de los mejores
pasatiempos que se puedan recomendar durante el día.
A la tarde, tras pasear por la playa de Iracema o charlar con
los pescadores en Mucuripe, los restaurantes del barrio de Aldeota son una
buena opción, como las terracitas del Dragao do Mar, el moderno centro cultural
de la capital. Para la noche y madrugada, el bar Pirata plantea una curiosa
opción, que promociona como "el lunes más loco del mundo": un gran
espacio al aire libre, que sólo abre el primer día de la semana y con banda y
conjunto de baile propios a ritmo de forró, axé, carimbó o pop, transforma el
lugar en una fiesta continua.
No obstante, la joya de
Ceará está 350 kilómetros al oeste de Fortaleza, en un Parque Nacional. Aunque
ya no es la playa secreta de antaño,Jericoacoarasigue conservando un encanto marcado
por la dificultad de acceso y, ahora, por su sofisticación. De ser hace dos
décadas un pueblo de pescadores sin electricidad ha pasado a ser un destino
chic con servicios hoteleros de primer nivel , pero donde los mochileros
continúan siendo bienvenidos, especialmente si practican surf. No sólo son bien
recibidos sino necesarios, ya que muchos aventureros de múltiples
nacionalidades se quedan un tiempo extra para engrosar las filas del personal
de los hoteles y restaurantes, donde es fácil encontrar a argentinos trabajando
y viviendo la vida.
La mezcla entre
turistas ricos o mochileros, empleados forasteros o locales se aprecia mejor
las noches de los fines de semana, cuando las fiestas de samba, forró o
capoeira generan la misma buena onda que se respira alrededor de los carritos,
que por 7 reales ofrecen, a metros del mar,caipirinhasde todos los sabores imaginables.
Al atardecer hay que
caminar pocos pasos desde los hoteles para subir la dunaPor do Soly contemplar uno de los más bellos
atractivos de Jeri: la puesta de sol. La base de la duna se confunde con el
agua, así que, tras contemplar cómo el horizonte se apaga, uno puede tirarse
desde lo alto haciendo skybunda o, simplemente, rodar para acabar hundido en el
cálido océano.
La puesta del sol también es el momento para que los vigilantes
usen sus silbatos y adviertan a los windsurfistas que ya es hora de salir del
mar. El mejor lugar para surfear es la playa de Malhada, camino a la famosa
roca agujereada Pedra Furada, como si las olas llamaran con fuerza a una puerta
invisible.
Para entrar o salir de Jeri hay que hacerlo a través del
municipio de Jijoca de Jericoacoara, a 25 km. El trayecto se hace por el
desierto, en jardinera o 4x4. La buena noticia es que los vehículos todoterreno
particulares no pueden circular por el enclave costero y hay que dejarlos en la
entrada del pueblo. Pero sí pueden circular los 4x4 de los residentes o de los
hoteles y lo hacen cada vez más. Aunque de nuevo el rey buggy entra en acción.
"¿Com
emocao ou sem emocao?". Lo aconsejable es
responder "com
emocao", pero entonces hay que agarrarse al buggy con la misma
fuerza que en una montaña rusa para que, cuando acelere cuesta abajo de la
duna, el emocionado turista no vaya a salir volando.
Hay buggies blancos,
amarillos, rojos, incluso alguno rosa y en Jijoca hasta llevaban banderolas o
propaganda durante la reciente campaña electoral. En Canoa Quebrada, donde se
celebra el mejor carnaval de Ceará, los buggies llevan a oasis o dunas, desde
donde uno puede tirarse en tirolesa y amerizar en una laguna. En Cumbuco, a 30
km de Fortaleza, conducen a la cercana laguna de Tabuba, uno de los mejores
lugares para practicar kitesurf. En Jeri, los buggies aceleran por una de las
mejores playas del mundo en dirección al oeste, donde pueblitos comoMangue SecooNova
Tatajubaquizás
estén llamados a ser algún día los nuevos destinos hippies de Ceará.
Vivir
simple y dejarse abrumar por los paisajes, los colores, el calor del sol, el
aroma de las flores, la musicalidad maorí y el sabor de la fruta fresca. Otro
mundo en este mundo.
1.
Tahití.
Bora Bora.
La
isla principal de este archipiélago compuesto por 118 islas recibe con música
de ukelele y tambores, los primeros ia orana, maeva (hola, bienvenidos), el
obligatorio pasaporte collar de tiares -la flor nacional; blanca, delicada,
similar al jazmín- y la cadencia de la música. Su capital, Papeete, es una
ciudad ajetreada, y en sus mercados los stands ofrecen de todo: pareos de todos
los colores, cremas de coco, de vainilla, tés de mango, sombreros, tiki
-estatuillas de dioses-, tapa -dibujos tradicionales sobre corteza de árbol-,
frutas, perfumes y monoi, aceites de coco y tiare.
2.
Taha'a.
Un atolón.
De
Papeete, un vuelo de 40 minutos de Air Tahiti lleva al aeropuerto de Raiatea, y
a pocos metros de la pista, una lancha a la isla de Taha'a. Indescriptibles
cabañas de lujo de madera y caña, con techo de hojas de pandanus y piso
vidriado para ver el mar. Taha'a es conocida como la "isla vainilla",
por la cantidad de plantaciones que aloja de este género de orquídeas que en
1848 fue traído desde México, y aquí se adaptó y conformó una especie
distintiva, la Vanilla tahitensis, famosa por su calidad aromática. Aquí viven
hoy unas 5.000 personas, y más de 150 familias viven de ella: la isla produce
más del 80% de la vainilla de la Polinesia. Por eso al caminar por las costas
de Taha'a o navegar en la laguna turquesa que la rodea, es inevitable ser
envuelto por su suave y dulce aroma, en tanto desembarcar permite visitar
establecimientos productivos.
3.
Bora Bora.
La
isla más famosa, por su laguna de un turquesa tan intenso que casi lastima los
ojos y el fondo siempre del monte Otemanu, una bellísima mole de piedra de más
de 700 metros, de vegetación ultra verde. Pero también por las memorias de la
Segunda Guerra Mundial -con los en sus famosos siete cañones instalados por
Estados Unidos en la década del 40-, y por los tatuajes, una tradición
milenaria entre los maoríes. Antes los tatoos hablaban de las personas,
contaban su historia, hoy son sólo decorativos, y no pocos turistas regresan de
la Polinesia con este recuerdo imborrable.
4.
Snorkel entre tiburones y rayas.
.
Créditos: Enrico Fantoni.
Es uno de los "must".
Para los polinésicos, los tiburones son sagrados, ya que se encargan de llevar
al cielo el alma de los muertos. Nadar entre tiburones grises, limón o de punta
negra, que pueden medir unos pocos centímetros o más de tres metros, es
indescriptible. Este archipiélago es probablemente el mejor lugar del mundo
para vivir esta experiencia. Snorkel mediante, el espectáculo también lo dan
las rayas grises, que parecen volar cámara lenta al rozar las piernas y subirse
"a upa" de guías y turistas en busca de alimentos.
5.
Sabores.
Ni
hace falta presionar sobre el cuchillo para que la carne del mahi mahi, el pez
más típico de la zona, se deshilache en finas hebras de sabor suave, casi
perfecto al encuentro con el paladar. Sobre todo en Bloody Mary's, el
restaurante más famoso de Vaitape, principal pueblo de Bora Bora. Otro plato
tradicional es el poisson cru (atún fresco marinado en leche de coco), además
de otros peces típicos como el papagayo, el espectacular atún rojo, el bonito y
el pez espada.
6.
Rangiroa.
Está
a una hora de vuelo de Bora Bora, en el archipiélago de las Tuamotu. No es una
isla sino un atolón, esos famosos anillos de coral con una laguna interior que
se comunica con el mar abierto. El fin de todo: calma, pocos hoteles, pocos
turistas, todo mar. Y una laguna azul (más azul que todo el azul que la rodea)
que es un placer innombrable. Más cuando a sus orillas se saborea una
parrillada, y la parrilla termina en el agua donde es limpiada por decenas de
pececitos de todos los colores.
Como para despedirse con la frase del artista Paul Gauguin en su
libro Noa Noa, la isla feliz, describiendo sus días de autoexilio en estas
islas: "En la tierra deliciosa, ahora, verdaderamente venero las menudas
peripecias cotidianas y su profunda significación. Gozo con simplicidad de la
luz mientras ésta brilla; yo, ahora, sé vivir".
Dicen que todo empezó en 1650,
cuando el gobernador español de Cartagena de Indias, Pedro de Zapata Mendoza,
hizo realidad un viejo sueño virreinal: abrir un canal entre el puerto de
Cartagena y el río Magdalena, 129 km construidos a pico y pala entre las ciénagas
y selvas costeras. Luego llegarían los buques de vapor y los sistemas de
dragado modernos, pero éste es el origen del Canal del Dique, que desde
entonces separa la península de Barú de la tierra firme. Así nació lo que se
conoce comoIsla
de Barú, un paraíso natural de 7.000 hectáreas en el Caribe
colombiano, con sol y playas. Está a 40 km de Cartagena, desde donde se puede
llegar por tierra en ómnibus: son 70 minutos de viaje, se cruza el Canal del
Dique por un puente. O también por mar: un viaje de 50 minutos en los barcos
que salen del muelle turístico de Cartagena. Muchos viajeros tienen el traslado
incluido en el costo del paquete turístico.
A primera vista, la
isla de Barú es la versión más agreste delCaribe
colombiano. Hay manglares, bosques, barreras de coral, arenas
blancas, aguas cristalinas ideales para bucear, playas casi vírgenes y pequeños
pueblos de pescadores como Santa Ana, Ararca y Barú.
El escenario de postal tiene nombres para recordar, como Playa
Blanca, Playa de los Muertos y Playa Bobo, allí los pobladores atienden puestos
donde se puede disfrutar de bandejas de langostas y mariscos, pulpo, arroz con
camarones. A lo lejos se ve el Parque Nacional Los Corales del Rosario,
integrado por más de 40 islas que frecuentan pescadores y buceadores.
Volviendo a la isla de Barú, los nombres de ciertas playas se
explican por la historia. Frente a Barú ocurrió una gran batalla naval, fue el
8 de junio de 1708 entre una flota de galeones españoles y otra de buques de la
marina inglesa, ansiosos por apoderarse del oro de América que los españoles
llevaban hacia Cádiz. La artillería inglesa falló y el oro se hundió a 200
metros de profundidad. Así quedó en evidencia que los galeones eran ya una
tecnología naval obsoleta.
Proyectos
Barú está considerada como una de las grandes reservas
turísticas de Colombia, con una ubicación privilegiada porque se complementa
con Cartagena y su propuesta de turismo cultural e histórico. Por eso, si los
proyectos anunciados se cumplen, se construirán 2 mil casas de vacaciones,
cuatro hoteles de 250 habitaciones, canchas de golf, un puerto de yates y
centros de servicios. Las inversiones sumarían 350 millones de dólares. En la
zona de Playa Portonaito se inauguró en 2009 el hotel Royal Decameron Barú. El
complejo tiene 366 habitaciones -divididas en 321 de categoría Superior con
vista al mar o la laguna Portonaito, junto a 45 habitaciones Deluxe, todas con
vista al mar- equipadas con aire acondicionado y televisión por cable. El hotel
tiene además 4 restaurantes, 5 bares, 3 piletas de natación, 2 canchas de tenis
y un centro de convenciones con capacidad para 700 personas.
La arquitectura del hotel es de estilo tropical moderno, con
mucha madera y ladrillo a la vista. Sus instalaciones disponen de facilidades
para navegar en kayak, canoa y catamarán, además de bucear. Hay gimnasios, spa,
discotecas y sistema de canilla libre.
El perfil de los visitantes es muy variado: mieleros, familias
con chicos, ejecutivos de empresas que se reúnen en convenciones. En vacaciones
abundan las familias que llegan desde Sudamérica, de países como Argentina,
Chile y Uruguay. El clima, típico del Caribe, húmedo y con temperaturas que
llegan hasta los 35°C, invita a practicar snorkel o, sencillamente, a disfrutar
de un día de playa, tirado en una hamaca. Desde el hotel salen también
excursiones a la ciudad de Cartagena con sus históricas murallas y fortalezas
españolas. Otra opción es navegar hasta las cercanas islas del Rosario, con una
visita al delfinario de isla Palma. O engancharse en un tour de pesca. En
cualquier caso, si la idea es alejarse del ruido, Barú es el lugar más
indicado.
Machu Picchu es una de las siete maravillas del mundo moderno y está en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1983.
Créditos: Getty Images
"El
Valle Sagrado es el reflejo cósmico de la Vía Láctea", define Miguel
Vergara, nuestro guía, y lo hace con una cadencia y una poesía que es difícil
imaginar una forma más oportuna de contarlo. Sobre todo mientras uno intenta
abarcar la panorámica de Machu Picchu, que se ve tan eterna como las
constelaciones a cuya imagen y semejanza parece haber sido diseñada. La ciudad
sagrada de los incas no defrauda, por más que uno la haya visto cientos de
veces en fotos y postales, y aunque uno guarde un viejo recuerdo de sus
encastres perfectos, de sus construcciones encaramadas en la montaña y del
césped lustroso que se impone sobre las piedras.
Sólo por esta brevísima instantánea vale la pena emprender el
viaje a Perú. Pero más allá de la magia sagrada de los Andes, nuestra travesía
se extenderá también a las costas del Pacífico, donde descubriremos las dunas
del desierto en Paracas, volaremos sobre las increíbles figuras de Nazca, y
navegaremos hasta unas islas blancuzcas donde sólo habitan las aves. Estas son
algunas de las experiencias que depara uno de los países con mayor
biodiversidad del planeta, donde los paisajes y los colores cambian como si uno
estuviera sumergido en un caleidoscopio. Al final del viaje, no alcanzarán las
imágenes guardadas en la cámara, ni las anotaciones de la libreta para retener
tanta belleza. Entonces uno confiará en la poesía de Miguel, y recordará que,
tal como nos explicó aquella tarde frente a las ruinas de Machu Picchu, ningún
otro lugar en la tierra puede ser tan parecido al cielo.
Candelabros,
aves y lobos
Paracas significa "lluvia de arena" en el idioma de
los antiguos habitantes de esta región, ubicada sobre la costa, 250 km al sur
de Li- ma. Paracas es también el nombre de un pueblito que balconea sobre una
plácida bahía del Pacífico, frecuentado por los limeños como centro de veraneo.
Desde el muelle del Hotel Paracas, el paisaje sigue los trazos de un cuadro
impresionista. El agua está tan calma y celeste que cuesta distinguirla del
cielo, y los suaves relieves de la península parecen el lomo aterciopelado de
un león.
Pero a bordo de la lancha, el paisaje plácido y espejado cobra
movimiento. Vuelan las melenas, saltan las cámaras y, minutos después, estamos
frente al misterioso Candelabro de Paracas, gigantesca figura trazada entre la
arena y la arcilla que sólo se distingue a la distancia. Nadie pudo establecer
aún su antigüedad, pero las teorías van desde una milenaria cultura relacionada
con las líneas vecinas de Nazca, hasta una marca dejada por piratas para
señalar el escondite de un tesoro.
El misterio queda atrás en pocos minutos, mientras la lancha
avanza a los saltos hacia el mar abierto. El océano se vuelve azul profundo, y
sólo cede protagonismo cuando aparecen unos islotes rocosos y solitarios. Al
detenernos, un ruido ensordecedor borronea el paisaje. "La sinfónica
animal más grande del mundo", define Naza, el guía, mientras anclamos
frente a las islas de San Gallán. Miles de lobos marinos entonan un canto
desafinado y gutural desde la costa. El espectáculo embriaga con la mezcla de
ruido, olor y balanceo. Un delfín nos acompaña hacia las islas Ballestas,
formaciones caprichosas sobre las que sobrevuelan las aves. La capa blanca de
guano que tapa el suelo de la isla es una de las riquezas que supo exportar
Perú en otras épocas.
"Con los excrementos de estas aves pagamos una vez la deuda
externa", asegura el guía, mientras habla de las bondades de este
fertilizante orgánico que hoy ya no se exporta, pero que sostiene el desarrollo
agrícola de Perú. A fines del siglo XIX, cuando los primeros exploradores
llegaron a las islas, las aves guaneras oscurecían el cielo y acumulaban capas
de 35 metros de guano. El guanay, el piquero y el pelícano estaban entonces en
su apogeo productivo, que se fue aplacando cuando la pesca empezó a cercenar el
alimento de las aves. Hoy el guano se recoge sólo una vez cada siete años, pero
queda el maravilloso vuelo de las aves que se agitan como una corona sobre
estas islas porosas y solitarias. Y aunque ya no haya que esperar cuatro o
cinco horas para que pase toda la bandada, como relataba un viajero de
principios del siglo XX, todavía vale la pena acercarse para observar la vida
secreta de las aves marinas.
Los
misterios de Nazca
Ya es mediodía cuando regresamos al hotel, donde todo está organizado
para emprender el sobrevuelo a las líneas de Nazca. Las gigantescas figuras
lucen como si un chico las hubiese dibujado con una rama sobre el suelo
desértico y pedregoso. Desde la superficie, los dibujos pueden parecer surcos
azarosos, por eso es necesario sobrevolar en avioneta para apreciarlos. Estas
figuras fueron trazadas en el desierto hace más de mil quinientos años con
precisión matemática. Monos, arañas, pájaros, víboras y líneas que en otra
geografía hubieran tenido un destino efímero, en el desierto de Nazca pueden
aspirar a su cuota de eternidad, gracias a uno de los climas más secos del
mundo. La geometría perfecta de cada dibujo genera toda clase de preguntas:
¿quiénes lo hicieron? ¿Cómo? ¿Para qué?
El espectacular hallazgo no tardó en generar distintas teorías.
Desde aquellos que sostenían que se trataba de un mensaje para los dioses, a
los que sostuvieron sin mayor fundamento que fueron obra de los
extraterrestres. Esta cronista conoció en un viaje anterior a María Reiche, una
mujer menuda y muy determinada que dedicó más de medio siglo a estudiar los
misterios de Nazca. Durante años vivió en el desierto, donde dibujó, midió y
hasta barrió cada una de las líneas. Su teoría es que se trataba de un
calendario solar a cielo abierto. "El libro de astronomía más grande del
mundo", como alguna vez lo definió.
El desierto
y las catedrales
"No todo es desierto", reza un cartel sobre un camino
de la Reserva Nacional de Paracas, otra de las excursiones que pueden hacerse
en esta región. El cartel señala un grupo de flamencos rosados que aportan la
cuota de color y movimiento al paisaje. A los pies del cartel, Ronny, nuestro
guía en la Reserva, desempolva unos fósiles de 45 millones de años que
descansan con naturalidad en el suelo. Se trata de pequeños moluscos llamados
"turritelas", que se enrulan como caracoles dibujados en la piedra.
Fósiles que llevan inscripta la historia de la Tierra.
Antes de internarnos en el desierto, nos detenemos en el Centro
de Interpretación, donde se explica que la Reserva de Paracas tiene 335 mil
hectáreas, de las cuales el 75% está ocupado por el océano. Entre redes de
pesca y sonidos del mar, una sala exhibe en peceras los tesoros escondidos
debajo del agua: anémonas de agua fría, cangrejos violáceos, camarones de patas
moteadas, erizos, caballitos y estrellas de mar. Vidas discretas sumergidas en
un espacio sin huellas. El desierto espera con su relieve solitario, donde sólo
se escucha el silbido del viento y el chillido de algún pájaro. La camioneta
avanza por un paisaje lunar, hasta que en un recodo del camino aparece el
océano, y una playa de arena roja encerrada entre acantilados. Los tonos se ven
distorsionados, como en el negativo de una foto, donde contrasta el azul del
Pacífico con el color ladrillo de la playa.
No muy lejos de allí, subimos hasta un mirador que balconea
sobre una deslumbrante formación que se interna en el mar. "La naturaleza
se tomó 40 millones de años para construir la Catedral, y el terremoto de 2007
la destruyó en segundos", explica el guía. La Catedral perdió parte de sus
paredes, pero a pesar de la mutilación, se levanta orgullosa como una isla de
rocas, testigo de que nada es tan eterno como parece. Atardecer de un día
agitado.
Jesús López dice que para él haber corrido el Dakar es como haber
jugado en el Mundial. Orgulloso, cuenta su experiencia como piloto en la
competencia de rally más famosa del mundo. Jesús forma parte de Alta Ruta 4x4,
empresa que organiza excursiones en vehículos especiales a distintas regiones
de Perú. Avanzamos rápidamente en su camioneta colorada rumbo a las dunas
cercanas a la ciudad de Paracas, en una carrera contra el sol. El cielo empieza
a ponerse rojo, la camioneta acelera, y se interna en un camino de tierra que
termina en un médano colosal. El motor ruge y trepa hasta la cima, para saltar
estrepitosamente hacia el otro lado. Arremetemos a toda velocidad contra la
arena, como si navegáramos en un mar embravecido y cada vez más oscuro. El
vértigo es no saber lo que se va a encontrar al otro lado. La adrenalina afloja
mientras hacemos un alto en el mar de dunas. Dentro de unos minutos será de
noche, y las primeras luces comenzarán a encenderse a la distancia.
Las estrellas
de Urubamba
Serán largas horas de viaje desde la costa hasta las montañas,
donde alguna vez los incas ubicaron el ombligo del mundo. Cusco nos recibe con
una lluvia repentina sobre la Plaza de Armas. "Es una bendición, una buena
señal", augura Miguel, nuestro guía local, mientras el sol no termina de
irse, y se obstina en iluminar la estatua dorada del Inca que resplandece con
un brillo sobrenatural. Se escuchan campanadas, conversaciones en distintos
idiomas, una música lejana. El centro colonial de la ciudad está tan bien
cuidado, que brilla con el lustre de la lluvia.
Salimos de Cusco hacia Urubamba, un pueblo sumergido en el
corazón del Valle Sagrado. El hotel Tambo del Inka nos espera con su imponente
arquitectura, y su sutil decoración poblada de máscaras, tejidos, flores,
vasijas y artesanías. Será tiempo de relajarse en la terraza de la habitación,
al amparo de las estrellas de Urubamba.
A las seis de la mañana el aire está frío y huele a humedad.
Caminamos hasta la estación de tren, ubicada dentro del hotel, a pocos metros
de la habitación. El tren silba, aúlla y rechina a la espera de los pasajeros.
Apenas amanece cuando partimos hacia Machu Picchu, sobre los rieles que
serpentean al borde del río Urubamba. El tren avanza con paso de novia, como si
saludara a los niños que despreocupadamente caminan sobre las vías. En el
kilómetro 82 distinguimos el comienzo del Camino del Inca, un esforzado
trayecto de tres noches y cuatro días, apto para quienes estén en buen estado
físico. Desde el tren se ve una pareja de turistas acompañada de un porteador,
que lleva el equipaje por un desfiladero.
Atravesamos terrazas de cultivo, antiguas paredes de piedra,
túneles o "eclipses", como los llama Miguel. Al cabo de dos horas y
media de viaje, llegamos al pueblo de Aguas Calientes, desde donde parten los
buses que ascienden hasta Machu Picchu. Cuando uno comienza a desalentarse
frente a los molinetes de acceso y la multitud, el paisaje se abre como una
postal y diluye cualquier incomodidad, nos hace sentir parte de la historia.
Allí está Machu Picchu, con sus piedras grisáceas, el césped lustroso, y la
sombra del Huayna Picchu como un puma a sus espaldas.
Recorremos la ciudadela con la sensación de que nos desplazamos
dentro de una postal. Allí está el ensamble perfecto de las paredes del Templo
del Sol, la Casa Real, un recóndito jardín de orquídeas y begonias, el Templo
de las Tres Ventanas, y una sala que produce un efecto acústico asombroso
cuando uno hace vibrar la garganta en alguna de las ventanas. Una larga
escalinata conduce al Intihuatana, el lugar más sagrado de la ciudadela, donde
los incas amarraban el sol para que no se alejara.
El sabor amargo de unas hojas de coca nos alienta para seguir
hasta las entrañas del Templo del Cóndor, donde el olor a eucalipto indica el
sitio de las ofrendas. Miguel nos cuenta la leyenda del cóndor, que se lanza
hacia una piedra en busca de la muerte, para volver transformado en energía de
luz. Pienso en eso mientras avanzo hacia la salida, y miro hacia atrás. Al
paisaje le gusta borronearse: hay algo de nostalgia anticipada, de misterio, de
nubes encendidas en la despedida. Es entonces cuando Miguel le pone palabras a
la última postal: "El Valle Sagrado es el reflejo cósmico de la Vía
Láctea".
Para los que
viajan en primera clase, hoteles de lujo:
-
Hotel
Paracas.
Frente
a la Reserva Nacional de Paracas, este resort es parte de The luxury
Collection. El hotel fue reconstruido en 2007 manteniendo el espíritu del
antiguo hotel Paracas con nuevos estándares de lujo. Sus 120 habitaciones están
distribuidas en villas, chalets y bungalows entre cuidados jardines que
balconean sobre la Bahía de Paracas. El barlounge es ideal para disfrutar de un
pisco sour frente al mar. El spa ofrece un circuito terapéutico de aguas, sala
climatizada con techo estrellado y tratamientos con productos locales. Dos
restaurantes garantizan una excelente gastronomía.
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Tambo
del Inka.
En
el Valle Sagrado de urubamba, entre Cusco y Machu Picchu, Tambo del Inka Resort
& Spa fue inaugurado en 2010 y elegido como el mejor hotel de Sudamérica
por TripAdvisor. El hotel cuenta con su propia estación de tren hacia Machu
Picchu. Es el primero en Perú en tener certificación lEED, que distingue a los
edificios amigables con el medio ambiente. Lo primero que impacta al huésped es
su arquitectura integrada al paisaje, que privilegia las vistas hacia el río y
las montañas. Madera, piedra, colores cálidos y una gran chimenea reciben al
viajero en un ambiente decorado con quipus, jarrones, máscaras, canastas y
artesanías locales. Las 128 habitaciones cuentan con terrazas y vistas a los
jardines y al espléndido paisaje. El spa tiene una piscina climatizada,
hidroterapia y tratamientos con productos locales como coca, quinoa o cacao, y
hasta un facial a base de oro, como las antiguas princesas incas. El restaurante
Hawa ofrece platos peruanos y novoandinos que incluyen el tradicional cuy
chactao, ceviches y delicias elaboradas con productos orgánicos cosechados en
la huerta del hotel.