domingo, 8 de febrero de 2015

Vacaciones 2015: Playas paradisíacas




Vacaciones 2015: Playas paradisíacas



Vacaciones 2015: Playas paradisíacas



Vacaciones 2015: Playas paradisíacas

Isla Margarita, Venezuela.




1. RIVIERA MAYA: 


Tulum, Riviera Maya.


Vacaciones 2015: Playas paradisíacas
lo largo del mar Caribe combina el placer de playas de arenas blancas, actividades en aguas cristalinas y paseos por los vestigios de la civilización Maya. Con Playa del Carmen como estrella con su animada 5ta Avenida -repleta de restaurantes, tiendas y boliches-, la zona arqueológica de Tulum -con sus magníficos cenotes- y Chichen Itzá. Además, vale la pena pasear por Cozumel, Isla Mujeres y una escapada a Cancún.

2. CUBA:

 Con playas y cayos que invitan al absoluto relax; bahías y montañas que presumen su belleza y con una ciudad como la Habana con su malecón, fuertes, palacios y museos de magnífica arquitectura. Su rica vida cultural atrae con su música e invita con sus tragos a base de ron.

Vacaciones 2015: Playas paradisíacas

Varadero, Cuba.


3. COLOMBIA: 

Sus playas caribeñas ofrecen arenas finas y aguas transparentes, rodeadas por cuantiosa y apacible naturaleza. Cartagena de Indias es la ciudad más visitada tanto por su patrimonio histórico como por la belleza de sus playas Bocagrande, El Laguito y las islas del Rosario y Baru, atraen con sus jardines submarinos y paisajes agrestes. A 700 kilómetros de la costa continental, la isla de San Andrés deslumbra con su mar de 7 colores, que alberga peces y corales rebosantes. La noche se presenta divertida al son de la música que invita a bailar. La ciudad de Santa Marta y el Parque Nacional Tayrona completan el circuito tropical colombiano.

4. BRASIL: 

Con más de 7 mil kilómetros de costa bañada por las aguas del Atlántico ofrece balnearios de norte a sur. Se destacan Copacabana e Ipanema en la maravillosa ciudad de Río de Janeiro, ideales para contagiarse de la alegría carioca. Siguiendo hacia el norte, a unos 200 km, aparece Buzios que atrae a turistas de todo el mundo por las bondades de sus playas y su diversión nocturna. En el nordeste Costa Do Sauipe, Maceió, Natal, Fortaleza y la paradisíaca isla de Fernando de Noronha aseguran cálidas temperaturas todo el año, arenas finas y aguas claras, flora exuberante y relax absoluto.

5. ISLA MARGARITA:

 Cuenta con playas muy concurridas pero también esconde algunas agrestes. Sus palmeras son la sombra ideal para descansar y sus aguas turquesas el escenario perfecto para practicar windsurf y kitesurf. También cuenta con campos de golf y la posibilidad recorrer a caballo sus reservas naturales. Imperdibles las excusiones a Los Roques e isla Coche.

6. ECUADOR:

 Mirando el oceáno Pacífico, entre volcanes y selva, aparecen variedad de playas con temperaturas cálidas, olas de todos los tipos y paisajes únicos acompañados de buena gastronomía y servicios. Montañita es considerada la capital sudamericana del surf, destino ideal para jóvenes en busca de diversión por sus fiestas al estilo hawaiano y música en vivo. Algo más exclusivas, las islas Galápagos maravillan por sus playas pobladas por especies únicas en el planeta, como sus conocidas tortugas gigantes. Tortuga Bay es una de las mejores y más hermosas playas del archipiélago.







Río de Janeiro, Brasil.
Isla San Andrés, Colombia.

Descanso y otros placeres en las playas de Ceará



Descanso y otros placeres en las playas de Ceará
Jericoacoara.
Créditos: Martin Mangudo


No es Hollywood pero hay un cartel en lo alto de la ladera. No es Manhattan pero su calle principal se llama Broadway. Si en Estados Unidos se tomaran tantas caipirinhas por segundo como en Canoa Quebrada, Los Angeles y Nueva York estarían invadidas por buggies.

El origen del emblema de esta localidad costera del estado de Ceará, en Brasil, tampoco hay que buscarlo en ninguna revolución islámica. Es idéntico al de las banderas de Argelia y de Pakistán y ahora se ha trasmutado en gorras, camisetas, pendientes y collares, que se venden en puestitos y tiendas de la calle de nombre teatral. Precisamente, fue una pareja de turistas pakistaníes quienes, sin saberlo, provocaron que en la larga escalera que baja a la playa más céntrica de Canoa Quebrada se formen atascos para tomarse una foto frente al hollywoodense cartel de la medialuna y la estrella.
A mediados de los años 80, la pareja visitó este enclave de pescadores, como desde los 70 venían haciendo miles de hippies, y le pidieron al artesano local Chico Eliziário, especializado en esculpir caparazones de tortuga, que grabara su símbolo patrio. A Eliziário le pareció que la estrella y la medialuna eran la representación ideal para el límpido cielo del Nordeste, donde llueve tan poco que, cuando sucede, es una bendición. 
Descanso y otros placeres en las playas de Ceará

Jericoacoara.
Créditos: Martin Mangudo

Como vaticinó aquel cantante también hippie, los tiempos han cambiado. Hoy las tortugas están protegidas, la policía vigila que no se comercialicen langostas con colas pequeñas -menores de 13 cm- y también están a resguardo las falesias, acantilados arcillosos modelados y coloreados a fuerza de viento y agua. Y aquí es donde entra en acción el verdadero rey de la costa nordestina: el buggy, medio de transporte indispensable para surcar dunas y playas. Tomar un buggy en Canoa Quebrada y dejarse llevar por un experimentado conductor hasta Punta Grossa no tiene precio. Eso sí, hay que ir sin gorra para que no se vuele, bien agarrado y lleno de protector solar.
Se trata de un espectacular travelling de 35 km que se recorren en menos de una hora, bien temprano, para poder regresar antes de que la marea impida el paso. A la derecha, falesias que cambian de color con la intensa luz del sol, jangadas -típicas balsas con vela-, cabras y jaulas vacías para langotas y cangrejos. A la izquierda, arena fina, extensas playas donde algunos niños juegan al fútbol y un océano, del que las barcas de pesca artesanal sacan los frutos de mar que se pueden degustar en barracas, chiringuitos de comida que se distribuyen por los casi 600 km de costa de Ceará. Como en la barraca Chega Mais, al pie de la escalera de la medialuna y la estrella, donde sirven la deliciosa moqueca de manta raya.
Descanso y otros placeres en las playas de Ceará

Jericoacoara.

Canoa Quebrada se sitúa en el municipio de Aracatí, 160 kilómetros al este de Fortaleza por una ruta de playas como Morro Branco -con sus arenas de colores-, Aguas Belas o Porto das Dunas, donde está el parque acuático Beach Park, a 22 kilómetros de la capital del estado. En el camino se puede hacer alto en algún ingenio azucarero, para probar la raspadura de caña o comprar todos los derivados de la castaña de cajú, desde el fruto seco hasta dulces, miel y licor.

Playas en la capital

Fortaleza también tiene sus playas. La mejor es Praia do Futuro, un poco alejada del centro de la capital estatal. Después de darse un baño, sentarse en una barraca a saborear cangrejos absorbiendo la esencia de sus cabezas -mezclada con caldo y farofa- es uno de los mejores pasatiempos que se puedan recomendar durante el día.
A la tarde, tras pasear por la playa de Iracema o charlar con los pescadores en Mucuripe, los restaurantes del barrio de Aldeota son una buena opción, como las terracitas del Dragao do Mar, el moderno centro cultural de la capital. Para la noche y madrugada, el bar Pirata plantea una curiosa opción, que promociona como "el lunes más loco del mundo": un gran espacio al aire libre, que sólo abre el primer día de la semana y con banda y conjunto de baile propios a ritmo de forró, axé, carimbó o pop, transforma el lugar en una fiesta continua.
No obstante, la joya de Ceará está 350 kilómetros al oeste de Fortaleza, en un Parque Nacional. Aunque ya no es la playa secreta de antaño, Jericoacoara sigue conservando un encanto marcado por la dificultad de acceso y, ahora, por su sofisticación. De ser hace dos décadas un pueblo de pescadores sin electricidad ha pasado a ser un destino chic con servicios hoteleros de primer nivel , pero donde los mochileros continúan siendo bienvenidos, especialmente si practican surf. No sólo son bien recibidos sino necesarios, ya que muchos aventureros de múltiples nacionalidades se quedan un tiempo extra para engrosar las filas del personal de los hoteles y restaurantes, donde es fácil encontrar a argentinos trabajando y viviendo la vida.

La mezcla entre turistas ricos o mochileros, empleados forasteros o locales se aprecia mejor las noches de los fines de semana, cuando las fiestas de samba, forró o capoeira generan la misma buena onda que se respira alrededor de los carritos, que por 7 reales ofrecen, a metros del mar, caipirinhas de todos los sabores imaginables.
Al atardecer hay que caminar pocos pasos desde los hoteles para subir la dunaPor do Sol y contemplar uno de los más bellos atractivos de Jeri: la puesta de sol. La base de la duna se confunde con el agua, así que, tras contemplar cómo el horizonte se apaga, uno puede tirarse desde lo alto haciendo skybunda o, simplemente, rodar para acabar hundido en el cálido océano.
La puesta del sol también es el momento para que los vigilantes usen sus silbatos y adviertan a los windsurfistas que ya es hora de salir del mar. El mejor lugar para surfear es la playa de Malhada, camino a la famosa roca agujereada Pedra Furada, como si las olas llamaran con fuerza a una puerta invisible.
Para entrar o salir de Jeri hay que hacerlo a través del municipio de Jijoca de Jericoacoara, a 25 km. El trayecto se hace por el desierto, en jardinera o 4x4. La buena noticia es que los vehículos todoterreno particulares no pueden circular por el enclave costero y hay que dejarlos en la entrada del pueblo. Pero sí pueden circular los 4x4 de los residentes o de los hoteles y lo hacen cada vez más. Aunque de nuevo el rey buggy entra en acción.
"¿Com emocao ou sem emocao?". Lo aconsejable es responder "com emocao", pero entonces hay que agarrarse al buggy con la misma fuerza que en una montaña rusa para que, cuando acelere cuesta abajo de la duna, el emocionado turista no vaya a salir volando.
Hay buggies blancos, amarillos, rojos, incluso alguno rosa y en Jijoca hasta llevaban banderolas o propaganda durante la reciente campaña electoral. En Canoa Quebrada, donde se celebra el mejor carnaval de Ceará, los buggies llevan a oasis o dunas, desde donde uno puede tirarse en tirolesa y amerizar en una laguna. En Cumbuco, a 30 km de Fortaleza, conducen a la cercana laguna de Tabuba, uno de los mejores lugares para practicar kitesurf. En Jeri, los buggies aceleran por una de las mejores playas del mundo en dirección al oeste, donde pueblitos como Mangue Seco o Nova Tatajuba quizás estén llamados a ser algún día los nuevos destinos hippies de Ceará.


sábado, 7 de febrero de 2015

6 razones para viajar a Polinesia


Vivir simple y dejarse abrumar por los paisajes, los colores, el calor del sol, el aroma de las flores, la musicalidad maorí y el sabor de la fruta fresca. Otro mundo en este mundo.
1. Tahití.

 6 razones para viajar a Polinesia

Bora Bora.


La isla principal de este archipiélago compuesto por 118 islas recibe con música de ukelele y tambores, los primeros ia orana, maeva (hola, bienvenidos), el obligatorio pasaporte collar de tiares -la flor nacional; blanca, delicada, similar al jazmín- y la cadencia de la música. Su capital, Papeete, es una ciudad ajetreada, y en sus mercados los stands ofrecen de todo: pareos de todos los colores, cremas de coco, de vainilla, tés de mango, sombreros, tiki -estatuillas de dioses-, tapa -dibujos tradicionales sobre corteza de árbol-, frutas, perfumes y monoi, aceites de coco y tiare.

2. Taha'a.


6 razones para viajar a Polinesia
Un atolón.


 De Papeete, un vuelo de 40 minutos de Air Tahiti lleva al aeropuerto de Raiatea, y a pocos metros de la pista, una lancha a la isla de Taha'a. Indescriptibles cabañas de lujo de madera y caña, con techo de hojas de pandanus y piso vidriado para ver el mar. Taha'a es conocida como la "isla vainilla", por la cantidad de plantaciones que aloja de este género de orquídeas que en 1848 fue traído desde México, y aquí se adaptó y conformó una especie distintiva, la Vanilla tahitensis, famosa por su calidad aromática. Aquí viven hoy unas 5.000 personas, y más de 150 familias viven de ella: la isla produce más del 80% de la vainilla de la Polinesia. Por eso al caminar por las costas de Taha'a o navegar en la laguna turquesa que la rodea, es inevitable ser envuelto por su suave y dulce aroma, en tanto desembarcar permite visitar establecimientos productivos.

3. Bora Bora.

6 razones para viajar a Polinesia

 La isla más famosa, por su laguna de un turquesa tan intenso que casi lastima los ojos y el fondo siempre del monte Otemanu, una bellísima mole de piedra de más de 700 metros, de vegetación ultra verde. Pero también por las memorias de la Segunda Guerra Mundial -con los en sus famosos siete cañones instalados por Estados Unidos en la década del 40-, y por los tatuajes, una tradición milenaria entre los maoríes. Antes los tatoos hablaban de las personas, contaban su historia, hoy son sólo decorativos, y no pocos turistas regresan de la Polinesia con este recuerdo imborrable.

4. Snorkel entre tiburones y rayas.

6 razones para viajar a Polinesia

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Créditos: Enrico Fantoni.


 Es uno de los "must". Para los polinésicos, los tiburones son sagrados, ya que se encargan de llevar al cielo el alma de los muertos. Nadar entre tiburones grises, limón o de punta negra, que pueden medir unos pocos centímetros o más de tres metros, es indescriptible. Este archipiélago es probablemente el mejor lugar del mundo para vivir esta experiencia. Snorkel mediante, el espectáculo también lo dan las rayas grises, que parecen volar cámara lenta al rozar las piernas y subirse "a upa" de guías y turistas en busca de alimentos.

5. Sabores.

 Ni hace falta presionar sobre el cuchillo para que la carne del mahi mahi, el pez más típico de la zona, se deshilache en finas hebras de sabor suave, casi perfecto al encuentro con el paladar. Sobre todo en Bloody Mary's, el restaurante más famoso de Vaitape, principal pueblo de Bora Bora. Otro plato tradicional es el poisson cru (atún fresco marinado en leche de coco), además de otros peces típicos como el papagayo, el espectacular atún rojo, el bonito y el pez espada.

6. Rangiroa.

 Está a una hora de vuelo de Bora Bora, en el archipiélago de las Tuamotu. No es una isla sino un atolón, esos famosos anillos de coral con una laguna interior que se comunica con el mar abierto. El fin de todo: calma, pocos hoteles, pocos turistas, todo mar. Y una laguna azul (más azul que todo el azul que la rodea) que es un placer innombrable. Más cuando a sus orillas se saborea una parrillada, y la parrilla termina en el agua donde es limpiada por decenas de pececitos de todos los colores.
Como para despedirse con la frase del artista Paul Gauguin en su libro Noa Noa, la isla feliz, describiendo sus días de autoexilio en estas islas: "En la tierra deliciosa, ahora, verdaderamente venero las menudas peripecias cotidianas y su profunda significación. Gozo con simplicidad de la luz mientras ésta brilla; yo, ahora, sé vivir".


Barú, la isla de los sueños


Barú, la isla de los sueños
Dicen que todo empezó en 1650, cuando el gobernador español de Cartagena de Indias, Pedro de Zapata Mendoza, hizo realidad un viejo sueño virreinal: abrir un canal entre el puerto de Cartagena y el río Magdalena, 129 km construidos a pico y pala entre las ciénagas y selvas costeras. Luego llegarían los buques de vapor y los sistemas de dragado modernos, pero éste es el origen del Canal del Dique, que desde entonces separa la península de Barú de la tierra firme. Así nació lo que se conoce como Isla de Barú, un paraíso natural de 7.000 hectáreas en el Caribe colombiano, con sol y playas. Está a 40 km de Cartagena, desde donde se puede llegar por tierra en ómnibus: son 70 minutos de viaje, se cruza el Canal del Dique por un puente. O también por mar: un viaje de 50 minutos en los barcos que salen del muelle turístico de Cartagena. Muchos viajeros tienen el traslado incluido en el costo del paquete turístico.

A primera vista, la isla de Barú es la versión más agreste del Caribe colombiano. Hay manglares, bosques, barreras de coral, arenas blancas, aguas cristalinas ideales para bucear, playas casi vírgenes y pequeños pueblos de pescadores como Santa Ana, Ararca y Barú.
Barú, la isla de los sueños

El escenario de postal tiene nombres para recordar, como Playa Blanca, Playa de los Muertos y Playa Bobo, allí los pobladores atienden puestos donde se puede disfrutar de bandejas de langostas y mariscos, pulpo, arroz con camarones. A lo lejos se ve el Parque Nacional Los Corales del Rosario, integrado por más de 40 islas que frecuentan pescadores y buceadores.
Volviendo a la isla de Barú, los nombres de ciertas playas se explican por la historia. Frente a Barú ocurrió una gran batalla naval, fue el 8 de junio de 1708 entre una flota de galeones españoles y otra de buques de la marina inglesa, ansiosos por apoderarse del oro de América que los españoles llevaban hacia Cádiz. La artillería inglesa falló y el oro se hundió a 200 metros de profundidad. Así quedó en evidencia que los galeones eran ya una tecnología naval obsoleta.
Proyectos

Barú está considerada como una de las grandes reservas turísticas de Colombia, con una ubicación privilegiada porque se complementa con Cartagena y su propuesta de turismo cultural e histórico. Por eso, si los proyectos anunciados se cumplen, se construirán 2 mil casas de vacaciones, cuatro hoteles de 250 habitaciones, canchas de golf, un puerto de yates y centros de servicios. Las inversiones sumarían 350 millones de dólares. En la zona de Playa Portonaito se inauguró en 2009 el hotel Royal Decameron Barú. El complejo tiene 366 habitaciones -divididas en 321 de categoría Superior con vista al mar o la laguna Portonaito, junto a 45 habitaciones Deluxe, todas con vista al mar- equipadas con aire acondicionado y televisión por cable. El hotel tiene además 4 restaurantes, 5 bares, 3 piletas de natación, 2 canchas de tenis y un centro de convenciones con capacidad para 700 personas.
La arquitectura del hotel es de estilo tropical moderno, con mucha madera y ladrillo a la vista. Sus instalaciones disponen de facilidades para navegar en kayak, canoa y catamarán, además de bucear. Hay gimnasios, spa, discotecas y sistema de canilla libre.
El perfil de los visitantes es muy variado: mieleros, familias con chicos, ejecutivos de empresas que se reúnen en convenciones. En vacaciones abundan las familias que llegan desde Sudamérica, de países como Argentina, Chile y Uruguay. El clima, típico del Caribe, húmedo y con temperaturas que llegan hasta los 35°C, invita a practicar snorkel o, sencillamente, a disfrutar de un día de playa, tirado en una hamaca. Desde el hotel salen también excursiones a la ciudad de Cartagena con sus históricas murallas y fortalezas españolas. Otra opción es navegar hasta las cercanas islas del Rosario, con una visita al delfinario de isla Palma. O engancharse en un tour de pesca. En cualquier caso, si la idea es alejarse del ruido, Barú es el lugar más indicado.


viernes, 6 de febrero de 2015

Machu Pichu: secretos de piedra, desierto y mar




Machu Pichu: secretos de piedra, desierto y mar
Machu Picchu es una de las siete maravillas del mundo moderno y está en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1983.
Créditos: Getty Images

"El Valle Sagrado es el reflejo cósmico de la Vía Láctea", define Miguel Vergara, nuestro guía, y lo hace con una cadencia y una poesía que es difícil imaginar una forma más oportuna de contarlo. Sobre todo mientras uno intenta abarcar la panorámica de Machu Picchu, que se ve tan eterna como las constelaciones a cuya imagen y semejanza parece haber sido diseñada. La ciudad sagrada de los incas no defrauda, por más que uno la haya visto cientos de veces en fotos y postales, y aunque uno guarde un viejo recuerdo de sus encastres perfectos, de sus construcciones encaramadas en la montaña y del césped lustroso que se impone sobre las piedras.
Sólo por esta brevísima instantánea vale la pena emprender el viaje a Perú. Pero más allá de la magia sagrada de los Andes, nuestra travesía se extenderá también a las costas del Pacífico, donde descubriremos las dunas del desierto en Paracas, volaremos sobre las increíbles figuras de Nazca, y navegaremos hasta unas islas blancuzcas donde sólo habitan las aves. Estas son algunas de las experiencias que depara uno de los países con mayor biodiversidad del planeta, donde los paisajes y los colores cambian como si uno estuviera sumergido en un caleidoscopio. Al final del viaje, no alcanzarán las imágenes guardadas en la cámara, ni las anotaciones de la libreta para retener tanta belleza. Entonces uno confiará en la poesía de Miguel, y recordará que, tal como nos explicó aquella tarde frente a las ruinas de Machu Picchu, ningún otro lugar en la tierra puede ser tan parecido al cielo.
Candelabros, aves y lobos
Paracas significa "lluvia de arena" en el idioma de los antiguos habitantes de esta región, ubicada sobre la costa, 250 km al sur de Li- ma. Paracas es también el nombre de un pueblito que balconea sobre una plácida bahía del Pacífico, frecuentado por los limeños como centro de veraneo. Desde el muelle del Hotel Paracas, el paisaje sigue los trazos de un cuadro impresionista. El agua está tan calma y celeste que cuesta distinguirla del cielo, y los suaves relieves de la península parecen el lomo aterciopelado de un león.
Pero a bordo de la lancha, el paisaje plácido y espejado cobra movimiento. Vuelan las melenas, saltan las cámaras y, minutos después, estamos frente al misterioso Candelabro de Paracas, gigantesca figura trazada entre la arena y la arcilla que sólo se distingue a la distancia. Nadie pudo establecer aún su antigüedad, pero las teorías van desde una milenaria cultura relacionada con las líneas vecinas de Nazca, hasta una marca dejada por piratas para señalar el escondite de un tesoro.
El misterio queda atrás en pocos minutos, mientras la lancha avanza a los saltos hacia el mar abierto. El océano se vuelve azul profundo, y sólo cede protagonismo cuando aparecen unos islotes rocosos y solitarios. Al detenernos, un ruido ensordecedor borronea el paisaje. "La sinfónica animal más grande del mundo", define Naza, el guía, mientras anclamos frente a las islas de San Gallán. Miles de lobos marinos entonan un canto desafinado y gutural desde la costa. El espectáculo embriaga con la mezcla de ruido, olor y balanceo. Un delfín nos acompaña hacia las islas Ballestas, formaciones caprichosas sobre las que sobrevuelan las aves. La capa blanca de guano que tapa el suelo de la isla es una de las riquezas que supo exportar Perú en otras épocas.
"Con los excrementos de estas aves pagamos una vez la deuda externa", asegura el guía, mientras habla de las bondades de este fertilizante orgánico que hoy ya no se exporta, pero que sostiene el desarrollo agrícola de Perú. A fines del siglo XIX, cuando los primeros exploradores llegaron a las islas, las aves guaneras oscurecían el cielo y acumulaban capas de 35 metros de guano. El guanay, el piquero y el pelícano estaban entonces en su apogeo productivo, que se fue aplacando cuando la pesca empezó a cercenar el alimento de las aves. Hoy el guano se recoge sólo una vez cada siete años, pero queda el maravilloso vuelo de las aves que se agitan como una corona sobre estas islas porosas y solitarias. Y aunque ya no haya que esperar cuatro o cinco horas para que pase toda la bandada, como relataba un viajero de principios del siglo XX, todavía vale la pena acercarse para observar la vida secreta de las aves marinas.
Los misterios de Nazca
Ya es mediodía cuando regresamos al hotel, donde todo está organizado para emprender el sobrevuelo a las líneas de Nazca. Las gigantescas figuras lucen como si un chico las hubiese dibujado con una rama sobre el suelo desértico y pedregoso. Desde la superficie, los dibujos pueden parecer surcos azarosos, por eso es necesario sobrevolar en avioneta para apreciarlos. Estas figuras fueron trazadas en el desierto hace más de mil quinientos años con precisión matemática. Monos, arañas, pájaros, víboras y líneas que en otra geografía hubieran tenido un destino efímero, en el desierto de Nazca pueden aspirar a su cuota de eternidad, gracias a uno de los climas más secos del mundo. La geometría perfecta de cada dibujo genera toda clase de preguntas: ¿quiénes lo hicieron? ¿Cómo? ¿Para qué?
El espectacular hallazgo no tardó en generar distintas teorías. Desde aquellos que sostenían que se trataba de un mensaje para los dioses, a los que sostuvieron sin mayor fundamento que fueron obra de los extraterrestres. Esta cronista conoció en un viaje anterior a María Reiche, una mujer menuda y muy determinada que dedicó más de medio siglo a estudiar los misterios de Nazca. Durante años vivió en el desierto, donde dibujó, midió y hasta barrió cada una de las líneas. Su teoría es que se trataba de un calendario solar a cielo abierto. "El libro de astronomía más grande del mundo", como alguna vez lo definió.
El desierto y las catedrales

"No todo es desierto", reza un cartel sobre un camino de la Reserva Nacional de Paracas, otra de las excursiones que pueden hacerse en esta región. El cartel señala un grupo de flamencos rosados que aportan la cuota de color y movimiento al paisaje. A los pies del cartel, Ronny, nuestro guía en la Reserva, desempolva unos fósiles de 45 millones de años que descansan con naturalidad en el suelo. Se trata de pequeños moluscos llamados "turritelas", que se enrulan como caracoles dibujados en la piedra. Fósiles que llevan inscripta la historia de la Tierra.
Antes de internarnos en el desierto, nos detenemos en el Centro de Interpretación, donde se explica que la Reserva de Paracas tiene 335 mil hectáreas, de las cuales el 75% está ocupado por el océano. Entre redes de pesca y sonidos del mar, una sala exhibe en peceras los tesoros escondidos debajo del agua: anémonas de agua fría, cangrejos violáceos, camarones de patas moteadas, erizos, caballitos y estrellas de mar. Vidas discretas sumergidas en un espacio sin huellas. El desierto espera con su relieve solitario, donde sólo se escucha el silbido del viento y el chillido de algún pájaro. La camioneta avanza por un paisaje lunar, hasta que en un recodo del camino aparece el océano, y una playa de arena roja encerrada entre acantilados. Los tonos se ven distorsionados, como en el negativo de una foto, donde contrasta el azul del Pacífico con el color ladrillo de la playa.
No muy lejos de allí, subimos hasta un mirador que balconea sobre una deslumbrante formación que se interna en el mar. "La naturaleza se tomó 40 millones de años para construir la Catedral, y el terremoto de 2007 la destruyó en segundos", explica el guía. La Catedral perdió parte de sus paredes, pero a pesar de la mutilación, se levanta orgullosa como una isla de rocas, testigo de que nada es tan eterno como parece. Atardecer de un día agitado.
Jesús López dice que para él haber corrido el Dakar es como haber jugado en el Mundial. Orgulloso, cuenta su experiencia como piloto en la competencia de rally más famosa del mundo. Jesús forma parte de Alta Ruta 4x4, empresa que organiza excursiones en vehículos especiales a distintas regiones de Perú. Avanzamos rápidamente en su camioneta colorada rumbo a las dunas cercanas a la ciudad de Paracas, en una carrera contra el sol. El cielo empieza a ponerse rojo, la camioneta acelera, y se interna en un camino de tierra que termina en un médano colosal. El motor ruge y trepa hasta la cima, para saltar estrepitosamente hacia el otro lado. Arremetemos a toda velocidad contra la arena, como si navegáramos en un mar embravecido y cada vez más oscuro. El vértigo es no saber lo que se va a encontrar al otro lado. La adrenalina afloja mientras hacemos un alto en el mar de dunas. Dentro de unos minutos será de noche, y las primeras luces comenzarán a encenderse a la distancia.
Las estrellas de Urubamba


Serán largas horas de viaje desde la costa hasta las montañas, donde alguna vez los incas ubicaron el ombligo del mundo. Cusco nos recibe con una lluvia repentina sobre la Plaza de Armas. "Es una bendición, una buena señal", augura Miguel, nuestro guía local, mientras el sol no termina de irse, y se obstina en iluminar la estatua dorada del Inca que resplandece con un brillo sobrenatural. Se escuchan campanadas, conversaciones en distintos idiomas, una música lejana. El centro colonial de la ciudad está tan bien cuidado, que brilla con el lustre de la lluvia.
Salimos de Cusco hacia Urubamba, un pueblo sumergido en el corazón del Valle Sagrado. El hotel Tambo del Inka nos espera con su imponente arquitectura, y su sutil decoración poblada de máscaras, tejidos, flores, vasijas y artesanías. Será tiempo de relajarse en la terraza de la habitación, al amparo de las estrellas de Urubamba.
A las seis de la mañana el aire está frío y huele a humedad. Caminamos hasta la estación de tren, ubicada dentro del hotel, a pocos metros de la habitación. El tren silba, aúlla y rechina a la espera de los pasajeros. Apenas amanece cuando partimos hacia Machu Picchu, sobre los rieles que serpentean al borde del río Urubamba. El tren avanza con paso de novia, como si saludara a los niños que despreocupadamente caminan sobre las vías. En el kilómetro 82 distinguimos el comienzo del Camino del Inca, un esforzado trayecto de tres noches y cuatro días, apto para quienes estén en buen estado físico. Desde el tren se ve una pareja de turistas acompañada de un porteador, que lleva el equipaje por un desfiladero.
Atravesamos terrazas de cultivo, antiguas paredes de piedra, túneles o "eclipses", como los llama Miguel. Al cabo de dos horas y media de viaje, llegamos al pueblo de Aguas Calientes, desde donde parten los buses que ascienden hasta Machu Picchu. Cuando uno comienza a desalentarse frente a los molinetes de acceso y la multitud, el paisaje se abre como una postal y diluye cualquier incomodidad, nos hace sentir parte de la historia. Allí está Machu Picchu, con sus piedras grisáceas, el césped lustroso, y la sombra del Huayna Picchu como un puma a sus espaldas.
Recorremos la ciudadela con la sensación de que nos desplazamos dentro de una postal. Allí está el ensamble perfecto de las paredes del Templo del Sol, la Casa Real, un recóndito jardín de orquídeas y begonias, el Templo de las Tres Ventanas, y una sala que produce un efecto acústico asombroso cuando uno hace vibrar la garganta en alguna de las ventanas. Una larga escalinata conduce al Intihuatana, el lugar más sagrado de la ciudadela, donde los incas amarraban el sol para que no se alejara.
El sabor amargo de unas hojas de coca nos alienta para seguir hasta las entrañas del Templo del Cóndor, donde el olor a eucalipto indica el sitio de las ofrendas. Miguel nos cuenta la leyenda del cóndor, que se lanza hacia una piedra en busca de la muerte, para volver transformado en energía de luz. Pienso en eso mientras avanzo hacia la salida, y miro hacia atrás. Al paisaje le gusta borronearse: hay algo de nostalgia anticipada, de misterio, de nubes encendidas en la despedida. Es entonces cuando Miguel le pone palabras a la última postal: "El Valle Sagrado es el reflejo cósmico de la Vía Láctea".
Para los que viajan en primera clase, hoteles de lujo:
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Hotel Paracas. 


Frente a la Reserva Nacional de Paracas, este resort es parte de The luxury Collection. El hotel fue reconstruido en 2007 manteniendo el espíritu del antiguo hotel Paracas con nuevos estándares de lujo. Sus 120 habitaciones están distribuidas en villas, chalets y bungalows entre cuidados jardines que balconean sobre la Bahía de Paracas. El barlounge es ideal para disfrutar de un pisco sour frente al mar. El spa ofrece un circuito terapéutico de aguas, sala climatizada con techo estrellado y tratamientos con productos locales. Dos restaurantes garantizan una excelente gastronomía.
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Tambo del Inka.


 En el Valle Sagrado de urubamba, entre Cusco y Machu Picchu, Tambo del Inka Resort & Spa fue inaugurado en 2010 y elegido como el mejor hotel de Sudamérica por TripAdvisor. El hotel cuenta con su propia estación de tren hacia Machu Picchu. Es el primero en Perú en tener certificación lEED, que distingue a los edificios amigables con el medio ambiente. Lo primero que impacta al huésped es su arquitectura integrada al paisaje, que privilegia las vistas hacia el río y las montañas. Madera, piedra, colores cálidos y una gran chimenea reciben al viajero en un ambiente decorado con quipus, jarrones, máscaras, canastas y artesanías locales. Las 128 habitaciones cuentan con terrazas y vistas a los jardines y al espléndido paisaje. El spa tiene una piscina climatizada, hidroterapia y tratamientos con productos locales como coca, quinoa o cacao, y hasta un facial a base de oro, como las antiguas princesas incas. El restaurante Hawa ofrece platos peruanos y novoandinos que incluyen el tradicional cuy chactao, ceviches y delicias elaboradas con productos orgánicos cosechados en la huerta del hotel.