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La vista desde Uman Lodge.
Créditos: Uman Lodge
Lo
primero que impresiona es el camino. Ya en Esquel las montañas dominan el
paisaje y en Trevelin los bosques comienzan a hacerse más densos. Pero en pocos
km todo cambia abruptamente: ni bien cruzamos la frontera y circulamos por la
ruta 231, en el sur de Chile, el verde estalla. Los bosques de ñires y coihues
tapizan las laderas de las montañas con cumbres nevadas, y los ríos, caudalosos
y cristalinos, se despeñan de las cumbres atravesando impresionantes cañadones
de piedra. En medio de este paisaje de cuento aparece el pueblo de Futaleufú,
pequeño, simpático, súper pintoresco desde su plaza central, y la sorpresa es
aún mayor cuando tomamos el desvío de la ruta para ingresar al fundo La
Confluencia. Luego de cruzar plantaciones de cerezos a cuya sombra se refugian
vacas, ovejas y alpacas sobre interminables praderas verdes, el camino trepa
empecinadamente la ladera para alcanzar su objetivo: Uman Lodge, un hotel
ubicado en un lugar imposible, al borde de un acantilado desde el que se
contempla todo el valle, las montañas con nieves eternas, los bosques de pinos
y coihues, la unión -confluencia, de allí el nombre del fundo- de los ríos
Futaleufú y Espolón.
Llego para vivir una experiencia, la "Experiencia
Uman", que se basa en los servicios y el confort de este impresionante
hotel en este lugar irreal, inseparable del entorno. El lodge -cuyo nombre
significa "alojarse" en mapudungún, lengua mapuche- está en medio del
fundo de casi 500 hectáreas (así se llama en Chile a una explotación agrícola intermedia
entre una hacienda y una chacra), en el que se cultivan cerezos y frambuesas,
hay una huerta -de la que salen, por dar un ejemplo, unos tomates increíbles- y
se cría ganado. Aquí, la contemplación de esos paisajes que sólo parecen
posibles en fotos trucadas encuentra una combinación perfecta con una
impresionante paleta de sabores (ver La buena mesa), un spa de primer nivel
-jacuzzis privados en las habitaciones- y la propuesta de distintas actividades
de aventura, entre las cuales sobresalen sin dudas el rafting y el kayak en los
ríos Azul, Espolón y Futaleufú, este último, clasificado entre los tres mejores
del mundo para la práctica de rafting junto al célebre Zambezi, que atraviesa
diez países de Africa, y al Colorado, en Estados Unidos.
Pero la propuesta también incluye caminatas por senderos en el
bosque y las montañas, cabalgatas, mountain bike, canyoning en quebradas y
cañones, pesca con mosca, montañismo u observación de flora y fauna,
especialmente en la Reserva Nacional Futaleufú, que se encuentra casi sobre el
límte con Argentina y cuyo objetivo principal es proteger a los huemules y a
los cipreses de la cordillera entre otras especies.
Y a menos de 80 km pasa la bellísima ruta 7 de Chile, más
conocida como la Carretera Austral, que en sus 200 km desde Puerto Montt en el
norte hasta Villa O'Higgins en el sur, serpentea entre bosques, ríos, cascadas,
lagos, fiordos, montañas y glaciares. Una de las grandes rutas escénicas del
mundo.
La
buena vida de febrero
Pero comencemos a bajas revoluciones: mientras recorremos la
plaza central de Futaleufú, el guía Nicolás Moraga me explica que en el lugar
-que fue totalmente renovado hace dos años- se hacen eventos municipales para
celebrar distintas fiestas y especialmente el comienzo de la temporada de
rafting, estrella del lugar. Una caminata de no más de 20 minutos nos lleva al
Mirador del agua: el pueblo a nuestros pies, los ríos a la izquierda, allí
nomás el aeródromo en el que suelen bajar avionetas privadas con fanáticos de
la pesca que llegan de otras latitudes; a nuestras espaldas, la Reserva
Nacional y el límite con la Argentina; y todo alrededor, las montañas y los
bosques. Justo enfrente vemos el cerro Teta, de más de 1.800 metros, desde
donde, dicen, la vista es impagable. Bueno, desde allí también, en todo caso.
Bajamos y recorremos el pueblo, que a mediados de diciembre aún
está semidesierto, aunque comienzan a verse algunos extranjeros que se preparan
para la temporada -llegan muchos europeos y sobre todo estadounidenses para
desafiar a estos ríos-. Futaleufú -"río grande" en mapudungún- tiene
poco más de 2.000 habitantes, pero la cifra prácticamente se duplica cada
verano. "El lugar creció mucho en los últimos años y cuenta con todos los
servicios: Internet, restaurantes, casa de cambio, cabañas, camping, hostels y
hoteles para todos los gustos y precios", cuenta Nicolás mientras pasamos
por la catedral, un bellísimo ejemplo de la arquitectura típica de Chiloé, que
también se ve por estos pagos y que combina rasgos alemanes con materiales
locales, como chapas y, sobre todo, mucha madera. Y paredes tapizadas con
tejuelas de alerce y coihue, como éstas de la catedral.
Cerca está el Rodeo, una especie de pequeña plaza de toros en
cuya arena se celebra cada febrero la Semana de Futaleufú, con torneos de doma,
conciertos y actividades varias. "Viene mucha gente del campo y el lugar
se llena de locales y turistas, hasta en los cerros. Hay muchos puestos de
comida, mucha música; es una fiesta costumbrista de verdad, muy
auténtica", cuenta Nicolás. Y agrega que luego de esta celebración se hace
el Futafest, un festival-competencia de rafting y kayak que reúne a más de 100
remadores de varios países. Por todo esto, febrero es el mes clave en la
temporada de Futa, como le dicen al pueblo por aquí: "Se vive acá muy bien
en febrero", resume el guía con precisión.
Pero llega la hora del almuerzo, que se torna un evento
impedible en Uman, sazonado por la vista inagotable del valle allá abajo y las
montañas que lo rodean. Y luego, una salida de canopy: en la laguna propia del
lodge, y de la mano de Patagonia Elements, "volamos" en un circuito
de seis cables a distintas alturas, un circuito que suma en total 600 metros y
cuyos cables pasan a varios metros sobre las aguas. Las instalaciones y el
equipamiento son nuevos y de alta calidad, y la experiencia es altamente
recomendable para elevar los nueves de adrenalina. Cerca está el circuito de
arborismo, que permite recorrer las copas de los árboles a través de senderos
elevados, cuerdas y redes. Para pasar una buena tarde de aventuras en el
bosque.
En
bici al Pozón de los Reyes
Comenzar la mañana con una buena caminata no está nada mal para
activar el cuerpo y relajar la mente. Por eso, entre los varios senderos
disponibles desde el hotel elegimos el de los miradores, que va bajando la
ladera desde el lodge hasta el galpón, pasando por la huerta y la quinta. Allí
nos esperan dos mountain bikes con las que pedaleamos ladera arriba y abajo,
cruzamos el pueblo y seguimos por la ruta hasta el desvío al puente Gelvez,
donde el río se encajona en un espectáculo verde y espumoso. Pedaleamos un rato
más cuesta arriba hasta dejar las bicis en el bosque para acercarnos a los
impresionantes acantilados de piedra que aprisionan al río Futaleufú allá
abajo, haciéndolo correr con furia y de rápido en rápido hasta relajarse en el
remanso del Pozón de los Reyes, donde los cañadones y la vista se abren hacia
el valle y las montañas. Un espectáculo.
Pero volvemos pedaleando a buen ritmo para disfrutar de un
almuerzo especial preparado por el chef Lucas Trigos Foussadier en ese sector
del fundo La Confluencia que bien llaman La playita, en un recodo en que el río
parece tomar coraje para adentrarse en el Cañón del infierno, entre altos
paredones de piedra. Sobre el fogón, Lucas improvisa una parrilla con ramas y
cañas que sostienen un costillar y un lomo de cordero. No encuentro las
palabras para explicarles el sabor de esa comida de los dioses, que disfruto en
un gazebo mientras miro correr el río cristalino y saboreo un buen tinto
chileno - carmenere, claro-. Un momento de esos que no se olvidan.
Y si la pedaleada me agotó y el cordero me impide seguir con la
aventura, allí está el spa: sauna seco y húmedo, piscinas climatizadas interna
y externa, jacuzzi exterior y gimnasio, todo con una vista increíble, además de
salas de masaje para relajarse o descontracturarse.
Pocos días después de esta visita se lanzó la temporada a pleno,
y los botes y kayaks iniciaron sus interminables y divertidísimos descensos por
los ríos cordilleranos. Sobre todo en el "puente a puente", el tramo
más habitual para los turistas, con rápidos de clase IV y IV+. Pero también en
"Azul-puente" y "Azul-Macal", donde los rápidos llegan a
clase V.
Queda hecha entonces la promesa: hay que volver para deslizarse
sin parar sobre las aguas rápidas y cristalinas de Futaleufú, una de las zonas
más espectaculares de la Patagonia.